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miércoles, 11 de mayo de 2011

Sintiendo la común responsabilidad por la creación (cf. n. 51), la Iglesia no sólo está comprometida en la promoción de la defensa de la tierra, del agua y del aire, dados por el Creador a todos; sobre todo se empeña por proteger al hombre de la destrucción de sí mismo. De hecho, "cuando se respeta la "ecología humana" en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia" (ib.). ¿No es verdad que la utilización desconsiderada de la creación comienza donde Dios es marginado o incluso se niega su existencia? Si falla la relación de la criatura humana con el Creador, la materia queda reducida a posesión egoísta, el hombre se convierte en la "última instancia", y el objetivo de la existencia se reduce a una carrera afanosa para poseer lo más posible.




Así pues, la creación, materia estructurada de modo inteligente por Dios, está encomendada a la responsabilidad del hombre, que es capaz de interpretarla y de remodelarla activamente, sin considerarse su dueño absoluto. El hombre está llamado a ejercer un gobierno responsable para conservarla, hacerla productiva y cultivarla, encontrando los recursos necesarios para que todos vivan dignamente.

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